¿Cuidar a los viejos?

D. JOSÉ LUIS PAREJA RIVAS
Antropólogo Social. Director del C.R. Nrta. Sra. del Perpetuo Socorro de Granada. Profesor colaborador de la Valencian International University (VIU) y de la Universidad de Granada.

D. JOSÉ LUIS PAREJA RIVAS

Se puede afirmar con certeza que los niños que están naciendo en estos momentos superarán los cien años de vida… y puede que me quede corto. Los avances científicos y tecnológicos se producen a una velocidad tremenda –yo creo que estamos en la era de la velocidad, porque todo lo que acontece, se inventa o genera lo hace a una velocidad que asusta… lo bueno y lo malo-; pero aún así y frente a esta certeza también tenemos todo un universo de incógnitas sobre cómo de rápido vamos “metiendo” a nuestros viejos en un mundo cada vez más diseñado para que la atención a ellos empiece a reducirse a la estancia en una residencia. Quizás mañana cuando escuchemos las noticias o las leamos en nuestra Tablet, nos encontremos con un remedio contra el cáncer, o el Alzhéimer, o nuevos horizontes de la nanomedicina que hará posible que enfermedades genéticas dejendeserlo… -hay quien habla ya de la cuasi- inmortalidad de nuestra especie-… pero en cualquier caso…, no nos desviemos; estamos en el “aquí y ahora”, y ese “aquí y ahora” nos dice que somos una sociedad vieja y que muy pronto todos seremos más viejos, que seremos mayoría frente a las nuevas generaciones que van naciendo con cuentagotas. Las nuevas generaciones nacen con cuentagotas, las viejas suponen una cascada cada vez más gigante que no se acaba…y esto tiene su miga.

Hemos sido capaces de ampliar el camino de la vida que, hasta no hace mucho, era más corto y farragoso. Lo hemos ampliado y lo hemos hecho autovía, pero, hay momentos en los que ésta se colapsa. Y como le suele pasar a nuestra especie… nos pilla con el pie cambiado. Llegamos a viejos, pero esta sociedad no aguanta a sus viejos. De esta afirmación es difícil moverme. Y es verdad que es maravilloso eso que se llama “envejecimiento activo” y que ha definido la OMS y que hasta la ONU ha elaborado unos Principios maravillosos, y que hay programas de vacaciones para la Tercera Edad durante todo el año, y que la tarjeta del autobús es casi gratis o gratis, y que si te rompes una cadera, en dos días estás de nuevo andando… pero
¿qué pasa cuando pasamos de “activos” a “inactivos”? ¿Cuándo nos demenciamos, -no hace mucho se le decía “chochear”-, cuando nos perdemos en nuestra propia casa, cuando nos quedamos solos y no somos capaces de pedir ayuda aunque tengamos un botón colgado al pecho, cuando nos damos cuenta que nos tratan como si fuéramos niños cuando vamos al médico del seguro –los de pago suelen ser más delicados por la cuenta que les trae-, cuando los más jóvenes han olvidado lo que significa “respetar a las canas”, cuándo los hijos tienen la osadía de tratar a sus viejos padres como si fueran sus hijos…?

Si en algo se pueden parecer la infancia y la vejez es que ambas precisan del cuidado. Bonita palabra. Bueno… más apropiado sería decir que, a fin de cuentas, cuando estamos en situación de fragilidad o debilidad por una enfermedad o por otros motivos que requieran que otros miembros de nuestra especie nos dediquen tiempo y recursos, precisamos cuidado… sea cual sea nuestra edad.

Decía, que bonita palabra esa de cuidado. Y es que es consustancial al ser humano el cuidado. Ser cuidado. Pero no sólo es consustancial a nosotros… Muchos animales también tienen el instinto de cuidado hacia su descendencia, primordialmente, como garantes de la preservación de la especie. Nos enternece ver cómo un pájaro cuida a sus polluelos, cómo el más feroz de los animales pierde toda su inclemencia ante sus cachorros… El ser humano, más frágil en su nacimiento que el resto de los animales, se ve obligado a prestar una atención mucho más intensiva hasta que la cría tiene capacidad para poder cuidarse de manera autónoma. Y por supuesto que nos enternece ver cómo los padres ejercen su cuidado y la protegen ante cualquier adversidad.

Cuando el cuidado se hace preciso para los más viejos, para los que ya han cumplido con su función en el clan, en el grupo, en la manada, se evidencian diferencias sustanciales: Los animales viejos, débiles, o enfermos, son disgregados del grupo y abandonados a su suerte, convirtiéndose en presa fácil para los depredadores. Se prescinde de ellos por convertirse en una carga tanto para tener acceso a la escasa alimentación, como para
poder mantener el ritmo en los desplazamientos. Se convierten en una amenaza real para el resto del grupo. Sólo especies con organización social muy evolucionada (lobos, perros salvajes de África, primates superiores, elefantes, delfines y cetáceos) cuidan al más débil, al enfermo, al viejo. En estos casos el animal herido o viejo no es abandonado; es sostenido y estimulado por los otros. En la especie humana también es así. O debería de ser así. En la complejidad que lo caracteriza desde hace miles de años, el viejo ha sido sujeto de protección y respeto, haciéndose eco de ello diferentes civilizaciones, sociedades, religiones y culturas. Lo contrario también ha sucedido, sobre todo cuando los primeros grupos humanos se tenían que mover para buscar alimento y no podían ir al paso de los viejos; tampoco se puede obviar que también han sido objeto de burlas, de maltrato, de abandono… pero como una cuestión marginal…. ¿no?

Bueno, no se trata de un cuidado para proteger por interés, por decirlo de alguna forma, el futuro del clan, de la tribu, del grupo, de la sociedad, que es el caso del cuidado a los recién nacidos. Se trata de una obligación y, más aún, de un derecho que tiene el anciano de recibir por todo lo que él ha contribuido a lo largo de su vida en beneficio de ese clan, esa tribu, ese grupo o esa sociedad en la que se ha desarrollado y ha dado lo mejor
de sí mismo. Tiene todo el derecho del mundo a ser cuidado como nosotros toda la obligación del mundo a cuidarlo sin más interés que ése.

 

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